Trabajo doméstico, ¿quién dijo yo?

Efectivamente, para lavar los trastes no es necesario tener estudios profesionales, tampoco tienes que hacer operaciones de cálculo o leer eruditos tratados. Uno nomás llega al fregadero, bendito nombre, y comienza a enjabonar, acomodar, enjuagar y poner a escurrir los platos, vasos, ollas, cacerolas, biberones hasta que termina y luego limpias la estufa, acomodas y justo cuando crees que ya todo está limpio y que no hay ningún traste en el fregadero, llegan más y más trastes con la hora de ponerse a preparar la comida.

Total, pareciera que cualquiera puede lavar los trastes, recoger la ropa del piso, lavarla, tenderla, doblarla y acomodarla en el armario, preparar la comida y mantener limpia y ordenada la casa; el problema es que nadie quiere hacerlo y que parece que es una tarea que exclusivamente le toca a algunas personas y que cuando los demás lo hacen, es por pura buena onda o porque están ayudando, pero que no es su responsabilidad.

Te imaginas qué pasaría si nadie lo hiciera. Hay personas que pueden vivir comiendo comida rápida en desechables, durmiendo en camas sucias, con amontonaderos por todas partes y con la ropa percudida o mugrosa, sin necesariamente ser pobres, económicamente hablando. Aunque no podemos decir que vivan bien, la vida buena implica tener un orden que te permita encontrar las cosas que buscas, alimentarte sanamente, tener un espacio limpio donde dormir, estudiar y aprender, en que la higiene y el cuidado te eviten enfermedades o malestar.

Históricamente se ha creído que limpiar una casa es una tarea que no requiere esfuerzo físico, ni intelectual, que en realidad no es un trabajo porque no debes pagarlo; por eso el trabajo doméstico se ha relacionado con la esclavitud, el colonialismo y otras formas de servidumbre que suponen que unas personas valen más o menos que otras y que por eso están condenadas a realizar ciertos trabajos. El trabajo doméstico es el trabajo que han realizado los vencidos en la historia, especialmente las mujeres de los pueblos colonizados; por eso en la actualidad, en países como el nuestro es un trabajo que perpetúa las jerarquías e injusticias basadas en la raza, el grupo étnico, el color de piel o la lengua que hablas, o el estrato socioeconómico al que perteneces.

Una o dos generaciones antes no se cuestionaba con tanta claridad esta situación de cuánto cuesta el trabajo doméstico y quién o quiénes deben hacerlo. La mamá o las hermanas o las hijas eran quienes tenían que atender las labores de limpieza y cuidado del hogar, la mayoría de ellas además atendía sus propios negocios o estudiaba; son las mujeres que conocemos y que además de atender familias y casas, salieron a la oficina o a estudiar o a vender o a realizar muchas otras actividades. El problema es que debido al estigma contra el trabajo doméstico, muy pocos hombres se quedaron en las casas a hacer ese trabajo que se cree de débiles o vencidos, y aunque las mujeres compartieron tareas remuneradas con ellos, ellos no le entraron a hacer las tareas del hogar.

Se nos ocurre que la forma más adecuada para revertir estas ideas acerca del trabajo doméstico y mejorar la convivencia es valorarlo y repartirlo equitativamente. En el próximo post les contaremos cómo le tuvimos que hacer para repartirnos esas tareas porque no todo es miel sobre hojuelas.

Más información
Encuesta nacional sobre discriminación en México, resultados sobre trabajadoras domésticas
http://www.conapred.org.mx/redes/userfiles/files/Enadis-2010-TD-Accss.pdf
Trabajo y Familia: Hacia nuevas formas de conciliación con corresponsabilidad social (Resumen ejecutivo)
http://oit.org.pe/WDMS/bib/publ/documentos/trab_familia%5BOIT-PNUD%5D_re.pdf

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Un pensamiento en “Trabajo doméstico, ¿quién dijo yo?

  1. Coincido en que es muy importante contribuir en los quehaceres de la casa, dividirnos las tareas. Una sencilla forma de hacerlo es aplicar una fórmula muy sencilla que he aprendido al observar a otras personas hacerlo: si lo ensucié, lo lavo; si me acosté, la tiendo; si si lo utilicé, lo devuelvo a su lugar; si lo ocupé, lo cuido; si lo tiré, lo levanto; si lo desarreglé, lo acomodo y así sucesivamente de tal forma que cuando a alguien le toque hacer alguna área de la casa, lo realice en el menor tiempo posible y así tenga tiempo suficiente para destinarlo a hacer lo que verdaderamente disfruta.

    Por otro lado es una pena reconocer, como hombre, que en la distribución de las tareas de la casa, por tradición o comodidad, evadimos una responsabilidad que nos compete a todos por igual. Es urgente dejar atrás esos “roles” caducos que nos han sido impuestos o que de manera muy acomodaticia pensamos que están ligados a una cuestión de género. No nos hagamos y participemos de manera activa en una verdadera igualdad entre nosotros, a todos nos conviene llevarlo a cabo.

    Gracias por el artículo y los datos de una realidad monstruosa que nos lacera.

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