http://blogs.elpais.com/vano-oficio/2012/06/padres-e-hijos.html

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Padres e hijos Por: Iván Thays | 20 de junio de 2012

Una de las anécdotas más memorables de la mitología griega es la de Eneas quien, en medio de la ciudad incendiada de Troya, carga a su padre Anquises sobre sus hombros y se reúne con otros troyanos para huir a Italia. Las esculturas y las pinturas representan a Eneas como un hombre joven y fuerte, a veces titánico y otras con músculos más discretos, y a Anquises como un anciano de barba, la piel adherida al hueso, el miedo en los ojos, cercado por la muerte. En el cuento “No oyes ladrar a los perros”, Juan Rulfo le da la vuelta a la historia y es el padre quien arrastra al hijo. A diferencia de En la carretera, de Cormac McCarthy, donde un padre también conduce a su hijo hacia la salvación, en el relato de Rulfo no sentimos amor filial entre padre e hijo. Más bien hay rencor. En la novela de McCarthy, en cambio, la relación entre padre e hijos caminando por la carretera desierta es hermosa, un canto lírico en medio del apocalipsis, como lo es la historia de Anquises y Eneas. El hijo de La Carretera es inocente, apenas un niño, mientras que el hijo del cuento de Rulfo es un criminal y está herido de muerte por sus ratonerías. Por ello, la relación del padre y su hijo en “No oyes ladrar a los perros” es ambigua: por un lado, el rencor y la hostilidad del padre, que piensa que el hijo merece el castigo, y por otro la responsabilidad que siente como progenitor, que lo obliga a asumir la “carga” (literalmente, pues lo lleva en hombros y se le dificulta caminar) de lo que engendró. Sin embargo, a veces esa “carga” se da en sentido inverso: es el padre quien termina representando un lastre para el hijo. La novela La hora azul de Alonso Cueto muestra esta situación. El padre ha muerto hace mucho, el hijo tiene una vida próspera, sin conocer la corrupción de su padre (un ex marino durante la violencia terrorista, secuestrador y violador de mujeres, a una de las cuales convierte en su amante), así que no debería existir mayor carga para el hijo. Sin embargo, esa carga existe y se descubre cuando el hijo se entera de la existencia de la amante de su padre -además de todos sus abusos- e insiste en buscar a esa mujer. Una insistencia absurda, quizá, pero necesaria para el protagonista quien, no contento con encontrarla y conocerla, se enamora de ella y mantiene una relación, tomando así el lugar de su padre muerto. Pero a diferencia de este, trata a su amante con ternura y comprensión, corrigiendo así el pasado para superarlo, es decir, para librarse de la “carga” que su padre le ha impuesto inconscientemente. En Hamlet también es un padre espectral el que pide al hijo que lo reemplace y lo vengue. Pero a diferencia del protagonista de La hora azul, Hamlet no acepta esa responsabilidad y quita el cuerpo cuando quieren ponerle encima el peso del padre. Huir no ayuda en nada a Hamlet, quien finalmente deberá rendirse y sacrificarse asumiendo su fatalidad. En Hamlet las cargas impuestas por el pasado paterno no pueden evadirse ni esquivarse, hay que asumirlas a cualquier costo. Sin embargo, aunque el rol de padre e hijo siempre es un principio de autoridad, una relación vertical, no siempre es un rol estático. A veces el padre pasa a ser el hijo y viceversa. En Patrimonio, una obra autobiográfica de Philip Roth, el narrador se rebela a convertirse en el padre de su padre. Sabe que está enfermo, lo ve extinguiéndose y le parece imposible encajar esa imagen con la del hombre fuerte que les brindó protección y seguridad a él y a su hermano. Sin embargo, una noche en que su padre entra en una crisis y está tan indefenso como un bebé al que hay que cambiarle los pañales, Roth acude en su ayuda y termina finalmente asumiendo el rol de padre. Es interesante el título: Patrimonio. Debemos asumir que el patrimonio del hijo es, en algún momento, pasar a ser el padre protector de un hijo anciano. Ese tránsito es duro y tremendamente complejo. Hay una escena conmovedora: Roth, quien le ha cedido su parte de herencia al hermano menos afortunado económicamente, ante el espejo del baño lamenta su generosidad. No se trata de dinero, sino de patrimonio. Al final, decide llevarse el cuenco de plata y la brocha con la que vio afeitarse a su padre por años. Ahora le pertenecía; era su patrimonio. Julio Ramón Ribeyro tiene un cuento extraordinario acerca de ese intercambio de roles. Se titula “Las botellas y los hombres”. Un padre va a buscar a su hijo al trabajo. El sujeto es un vagabundo, un borracho, un vividor, que lo abandonó cuando niño. El hijo ha logrado sobresalir con esfuerzo y ahora trabaja en un club de tenis como sparring. Al ver a su padre indefenso tras las rejas del club, olvida el pasado y lo lleva al bar donde se reúne con sus amigos, y lo presenta pomposamente como su padre. El hombre sabe desenvolverse bien donde hay alcohol, así que deja de ser el tipo frágil del inicio del cuento y se muestra ingenioso, amiguero y lengua suelta. Absolutamente borracho, menosprecia a las mujeres y llama casquivana a la madre del protagonista. Él no puede pasar por alto ese insulto y lo reta a un duelo. Salen ambos a la calle, como dos boxeadores ebrios, y se detienen en un callejón. Padre e hijo, no uno sobre el otro, como en la leyenda de Eneas y Anquises, sino uno frente al otro. El padre arremete, el hijo esquiva el golpe y el tipo cae al suelo. Está noqueado. El ganador del duelo ha sido el hijo. Sin embargo, antes de retirarse, se acerca al borracho tirado en el callejón, se quita una sortija con una joya y se la pone en el dedo de su padre. Luego, en un gesto de inmenso cariño y protección, toma la precaución de girar el anillo para esconder la joya y evitar que se la roben. El hijo se ha vuelto padre.

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