Batalha da Praça da Sé, 1934

de Fiat Lux

prende un cerillo

pero ¿si el cerillo no enciende

lo que debe,

no inaugura la pausa nocturna

de las velas o el atarantado

bullir en los sartenes?

¿qué es lo que debe

encender un cerillo

durante el rápido cumplimiento de su estrella,

tan largamente esperado

desde antes de la penumbrosa caja

desde mucho antes del baño de cristales en la industria

desde antes

antes

del astillamiento?

Puedes decir, por ejemplo,

que es supérflua la distinción

entre los diversos tipos de traslación ciceroniana

si se les compara con el hecho

más o menos aparentemente insólito

de que las servilletas de Anna Stefania, ese día

7 de octubre de 1934, bordeadas de austrohungárica labor

exitosamente transplantada al trópico y tejida

en los breves intersticios de ocio que dejaba el oficio

de fosforera, que las servilletas, en fin,

no cubrieron con esmero peras, manzanas apocadas

o hipertróficos higos de cultura nipona, sino

pistolas varias,

de modelos cuyo registro omite

esta historia de vidas más o menos simples, sacadas

(las pistolas), de quién sabe dónde y quiénes.

Podrías decirlo pero el polvo de Reforma te distrae.

Polvito de oro y liquidámbar, vas pensando, sin notar la monstruosa

– por muy manida – translación que perpetras,

corriendo el riesgo de que te pase como a Tales,

pero vulgarmente, es decir, sin nada sublime en la cabeza y en lugar de pozo

el coche de enfrente, que frena a destiempo.

En cuyo caso, muy merecido lo tendrías.

Bienvenida la hipotética

interrupción de chichones, cristalitos sobre el pavimento

mezclados con el polvo “de oro”

para dejar de andar pensando chingaderas

que nada tienen que ver con la Patria.

Pero pongamos que tu cuerpo repela, viene un tanto horripilado

por lo anteriormente dicho

y arguye, en favor de las servilletas, que en los días que corren, digamos,

el azar democritiano, y el choque de átomos y eso, han perdido el énfasis de antaño.

Y ahora uno se concentra en otro tipo de causalidades,

aunque derivado de éstas,

pero más pintoresco y sabroso de narrarse.

Y de ahí las servilletas.

Podía decir también tu cuerpo: gracias,

señores del Departamento de Odem Pública e Social

por perseguir a mi padre,

meterlo en la celdita ésa con otros veinte,

interrogarlo los martes con las manos atadas al respaldo,

amedrentarlo para siempre con gritos de tortura y bocas de AK47;

y gracias al habeas corpus por soltarlo y al A.I 5 por perseguirlo

de nuevo:

os debo mi existencia -diría tu cuerpo,

y algo de razón tendría, aunque

no toda causa debe agradecerse, sobre todo si de ella resulta

esta oscura servidora:

polvito de hojarasca entre las ruedas.

Pero honor a quien honor merece:

Anna Stefania

guarda las armas en su bolsa de mercado

y no va a la fábrica de fósforos sino que parte,

muy chiquitita aunque de 22,

al centro de São Paulo, donde otras gestas ya pasaron

y otras empiezan a esbozarse,

y reparte las armas

entre trabajadores del sindicato de bancarios,

del sindicato de gráficos de diario,

miembros de la antigua Oposición de Izquierda,

anarquistas recién desayunados,

y se pone al frente,

y dispara

contra una valla de cinco mil integralistas kaloi kai agathoi.

Cantan encarnado júbilo las armas

-véase cómo aquí

dos tipos de traslación conviven en pacífico concierto

aunque sea épico el asunto-.

Y no viene al caso evocar el consabido simbolismo de los tonos verdes,

porque verde era la farda

del fascismo armado y verde quedó

el pavimento; de esperanzas nada.

Era puritita victoria antifascista en presente del indicativo

y fardas vacías dispersas por la calle.

Gallinas ya sin vestes huyendo en estampida: triunfo

militar del Frente Unido, aunque una baja:

guárdese memoria

del joven muerto Décio Pinto de Oliveira.

Y de Fulvio, y Rudolf, y Lelia, y Livio, y Anna, y Mario

Pedrosa y otros cientos

que allí estuvieron y lucharon y vencieron

a cinco millares de fascistas.

Y  vivieron luego, y lo contaron

sin tanto abuso de las traslaciones.

Paula Abramo, Ciudad de México, 1980, estudió Letras Clásicas en la UNAM, impartió clases de Literatura Brasileña y tradujo del portugués el Poema Sucio, de Ferreira Gullar (UANL, 2010), y la novela El Ateneo, de Raul Pompeia (UNAM, en prensa). Su obra se ha publicado Kritiker (Suecia), así como en el libro colectivo Cuatro poetas recientes de México (Black&Vermelho, Buenos Aires, 2011).

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