El rey que mataba elefantes (cuento infantil)

Ésta es una una gran historia para comenzar a cambiar historias.

 

El rey que mataba elefantes (cuento infantil).

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La más sonriente

La más sonriente

Hacemos limonada

Me gusta cocinar, atender a mis hijos, su ropa, su sopita; y ahora que no lo tengo que hacer todos los días, disfruto lavar los trastes, la ropa, limpiar y ordenar estantes, anaqueles. Me encanta que mi casa sea un lugar cómodo y un espacio para crear. Además de todo eso disfruto infinitamente escribir, es mi oficio, y con ese oficio vino también el afán por investigar y documentar soluciones a determinados problemas.

  Componer un poema es resolver un problema; hacer las cuentas y el presupuesto, otro problema; explicarle a mi pequeño que el fin de semana no voy a estar porque tengo que ir a un encuentro de escritores o a presentar el libro muy lejos, otro y de los gordos: además de la explicación hay que dejar un titipuchal de pendientes resueltos. Además tuve otro problema del que quiero contarles; y es que una vez creí en ciertas falacias que suponen que las mujeres nos merecemos más porque hemos sufrido mucho. Otra falacia que dice que las mujeres lo hacemos mejor solas que acompañadas, que detrás de las mujeres exitosas lo que hay es un tesón inextinguible por sobresalir encima de los hombres, encima de las otras mujeres y que más vale sola que mal acompañada y que por todo hay que competir y que el pez grande se come al chiquito.

   Afortunadamente en mi experiencia con la vida real, con hombres y mujeres de carne y hueso, y muy particularmente con mi Marco de referencia, mis padres, mis suegros, mis hermanos, mis tíos y tías, mis cuñados y cuñadas, mis amigos y amigas he descubierto que esas falacias son sólo ciertas percepciones y que por ver la hoja no ven el árbol y al revés. Me explico, ningún ser humano se hace solo, o lo sabe todo a partir de sí mismo, los seres humanos aprendemos en grupo y a lo largo de generaciones y prescindir de la visión del mundo de hombres o de mujeres nos genera una miopía que tampoco resuelve nuestros problemas de convivencia, al contrario, nos obliga a permanecer peleando unos contra otros y no es eso lo que me gustaría que mis hijos heredaran.

   Por razones que exceden las explicaciones de los economistas, el desempleo nos cayó en casa y no es la primera vez. Cuando terminé la maestría que me permitió cuidar a mi primer hijo, me quedé desempleada y me costó mucho trabajo conseguir uno donde me pagaran, luego le toco a Marco y luego a mí, otra vez y así nos hemos turnado temporadas de empleo y desempleo. Desde hace dos meses Marco está de nuevo en casa, lo que hace la diferencia en esta ocasión es que ya tenemos herramientas que nos permiten afirmar, por el momento, que el hecho de que papá está en casa es una ganancia para nuestra familia y no una pérdida.

   Nuestros hijos de seis y tres años se merecen un papá o una mamá que los cuiden que se hagan cargo de alimentarlos caseramente, de apoyarlos en sus tareas, de que su casa sea un lugar cómodo y sobre todo que les enseñe a ser honestos responsables y muy amorosos. Para que eso pase debe haber ingresos fijos que permitan cubrir las cuentas y que alguien se encargue de administrar las tareas y pendientes de la casa. Nuestros hijos también se merecen un dúo de padres dinámico y realizado, que ambos papás estén cómodos y contentos con sus trabajos y tareas, que se sientan más que útiles, creativos; que hagan cosas de las que se sientan orgullosos.

   Marco y yo platicamos mucho y así nos hemos dado cuenta de lo que queremos que aprendan nuestros hijos: que sean flexibles y no se casen con ciertas ideas del “deber ser”; que vean las cosas en contexto y en conjunto, que analicen y no se queden sólo con la primera impresión, o como decía mi abuela “aprende a hacer limonada con los limones que te han caído”, que le hallen el lado práctico y bondadoso a ciertas situaciones que nos ponen en contacto con aprendizajes que de otra forma nunca hubiéramos adquirido, y así es la vida, pues como dice el dicho no todo es miel sobre hojuelas y siempre se puede más con miel que con hiel, o más coloquialmente al mal tiempo, buena cara, la mejor, la más sonriente.

Bienvenida…

Aquí estoy