Charles Dickens fue un padre amoroso

La Biblioteca Nacional de Australia exhibirá un cheque que Charles Dickens envió a dos de sus hijos. El cheque tiene fecha de 1869 y  valía 100 libras esterlinas, lo que no se sabe es ¿por qué no lo cambiaron?

El autor de Cuento de Navidad y Grandes esperanzas era un amoroso y preocupado padre de 10 hijos.

 

Aquí la nota completa 

Aquí una página dedicada al análisis del Cuento de Navidad

Un clásico de temporada

Un clásico de temporada

 

 

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El rey Lear

Quiero que mi hijo tenga lo que yo no tuve

Déjese de cosas: usted toma mujer y se hace de un
par de hijos y se pasa
la vida en sus trabajos ni limpios ni muy sucios hasta
apilar 100 columnas de monedas de cobre abajo
de la cama
y después con el tiempo –usted es de usos honrados
salvo que la honradez etcétera–
guarda 2 000 columnas más en el ropero y 60 en el
techo del baño y entonces
es el viejo monarca que va a construir un castillo en
tierras de frontera
antes de su muerte y antes de la muerte del mayor de
sus hijos, “con el baño completo en los altos y
un bañito en la entrada”,
y entre las arenas y el torreón del oeste sembrará los
manzanos y el bosque de los robles
que serán una soga entre sus hijos y los hijos de sus
hijos y los otros que lleven su nombre,
pero sabe que se puede enredar en una de esas ramas
y Absalón –su hijo “el mayorcito, que va a ser
ingeniero”–
le abrirá la cabeza en 2 como una palta.
Ahora usted evita las ramas y cambia los bosques por
los acantilados:
sobre la arena mojada su caballo es alegre y veloz, las
naves enemigas no embravecen el mar,
sólo el aire que sopla trae el frío de los cascos
normandos – “allí nomás estaba el gerente general
en su carrazo, me hice el que no lo vi”–,
pero a ninguno de sus hijos le interesa su guerra con
los normandos ni aprendieron a usar la ballesta,
y usted de la oficina a la casa cuidándose de andar bajo
las ramas, y otra vez al torreón del oeste
–entre la cocina y el cuarto de fumar: el baño está
siempre ocupado y en los cuartos que sobran ni
una araña / en la noche
cuando el aire está limpio: la luz de las otras ventanas,
los grandes anuncios luminosos,
y usted aprovecha que baje la marea, se ajusta las
sandalias de venado, el manto: cabalga junto al mar,
y Absalón –el menor “será un gran abogado este
muchacho”– abre la red sobre la blanda arena y alza
su arpón de hueso
–no le gusta–, ya sé, haga su cuenta de nuevo, déjese
de cosas:
usted toma mujer y se hace de un par de hijos y
trabaja y etcétera hasta apilar 100 columnas de
etcétera abajo de la cama
y sube el dólar en un 50% y desembarcan los
normandos después de volar esos torreones nunca
construidos
y sus monedas de cobre son cáscaras de huevo que
aplasta el aire.
De acuerdo, sus hijos no han salido mejores que usted,
pero igual lo esperan en el bosque de robles y al borde
de las aguas
y ahora moléstese en buscarlos: ya no sobra otro
invierno y esta rueda se atraca.

Antonio Cisneros, poeta peruano

1942-2012

Un poeminuto de Hernán Bravo, Daniel Reyes hijo e Izael Moreno

 

El rey que mataba elefantes (cuento infantil)

Ésta es una una gran historia para comenzar a cambiar historias.

 

El rey que mataba elefantes (cuento infantil).

mi papá en technicolor

De referencias, hijos y padres


Leí la reseña a Canción de tumba  de Julián Herbert, ese relato sobre su madre tiene su origen en un experimento en el que varios escritores publicaron sus autobiografías precoces en la revista Letras Libres. El relato es brutalmente sincero y hermoso. La narración de Herbert me hizo recordar otras historias donde los hijos hablan de sus papás o mamás.

Me acorde de ellas porque allá por mis mocedades post-adolescentes me hicieron reformular mis argumentos contra ser o no ser madre. Afortunadamente, lo de ser madre fue una cosa de chiripa más que de sesudos estudios o elucubraciones, digamos que fue uno de los accidentes más afortunados de mi vida, nunca hubo ni planeación ni deseo expreso; pero cuando sucedió,  había ya en mí,  un estado espiritual predispuesto a la maternidad por así decirlo.

Esa predisposición fue digamos a partir de algunas películas como Betty Fisher y otras historias, o Adiós a Lennin, o algunos relatos como El dios de las pequeñas cosas , o  la Carta a Rocamadour que escribe la Maga en Rayuela; y aunque la predisposición espiritual también tenía sus lugares comunes en contra, como ¡para qué tener hijos aquí abajo en este mundo material! o ¡cómo atreverse a traer a alguien a este mundo con los pocos recursos que existen! o ¡yo quiero desarrollarme como persona, tengo tantos planes! Frases que mi padre escuchaba entre retador y triste. Solamente una vez se quebró cuando le dije:  “Yo no voy a tener hijos en este mundo” y con soberbia digna de post-adolescente pre-apocalíptica le dije: “Para dejar huella en el mundo, hay otras actividades que no incluyen reproducirse”.

¡Bolas!, ese día, con todo lo chafa de la frase, dejé en la lona a mi papá. Fue sin querer, pero hasta entonces habíamos peleado tanto, nos habíamos retado tanto que al poco tiempo de eso, deje de visitarlos a él y a mi mamá, y sobre todo, deje de hablar con él, estaba muy enojada, estúpidamente enojada con él… Para entonces yo vivía en un departamento del sur, acababa de pasar por una crisis aguda de esas de que te tumban con ronchitas o inflamaciones en el cuello que ningún médico se explica, porque todos los estudios dicen que eres la persona más sana del mundo a menos que… a menos que … y entonces te asinceras y dices: a menos que estos síntomas sean  productos de una incomodidad más grande, mucho más grande  con lo que digo y con lo que hago y con lo que no digo y con lo que no hago; y entonces, en lugar de programar un nuevo examen de mitocondrias, sabes que te conviene hacerte un agudísimo examen de conciencia…

Y que me hago el examen. Digamos que muchos de los niveles estaban fuera de rango y que era necesario hacer cambios, muchos cambios.  Poco a poco todo se fue acomodando… la vida es tan hermosa y compleja y sucede a cada segundo que…  al poco tiempo llegó Marco, al más poco tiempo llegó Eliseo en su etapa gestacional, y después mi papá regresó…

Más bien yo regresé, porque él nunca se ha ido, siempre había estado ahí en positivo o en negativo. Mi padre siempre había estado ahí, aunque había ocasiones en que yo prefería no verlo. Lo mejor es que ahora mi papá está enterito en technicolor con colores y matices de lo más brillantes, con contrastes, con volumenes, en 3D… Ahí está mi papá, quien de vez en cuando va por mis hijos a la escuela y les enseña a trabajar con la madera y a ser ordenados; mi papá que de repente se pone de gritón y que a veces se parece al viejito de Up. Mi papá que no deja de fumar, aunque ya le bajó un poco, mi papá que todos los domingos lleva a su mamá a la iglesia y que de lunes a viernes la cuida y la  reconforta y la regaña. Mi papá que se quedó mudo el día que le dije que estaba esperando a su primer nieto. El mismo que me hizo mis libreros, el mismo que me construyó la cama, el  que me hizo los barandales de las ventanas para proteger a mis hijos. Mi papá, que de niña me llevaba a verlo trabajar a la imprenta, que cuando me dio la parálisis facial me llevaba a neurología. El que chocó tres veces, el que siempre tiene objeciones a mis proyectos, pero que cada que puede me abraza y me hace saber que ahí está y que quiere que esté con él. Mi papá.

Otra mirada a nuestra realidad

Por cierto, ¿ya leyeron Un montón de bebés?